Por: Veronica Garzón
Claudia Uruchurtu luchó por la justicia hasta el día de su desaparición. Llevaba 2 años documentando y denunciando públicamente el desvío de recursos de la entonces Presidenta Municipal de Nochixtlán, Oaxaca, la morenista Lizbeth Victoria Huerta, quien fue condenada por los hechos, junto con otras cuatro personas de su gobierno.
“Desde que Lizbeth entra a la presidencia en 2019 Claudia notó que se estaba robando dinero, porque a los pocos meses, ya traía joyas, bolsas, coches y relojes de miles o millones de pesos” refiere Haydé Uruchurtu, la hermana menor.
Frente a esta situación, Claudia presentó más de 20 quejas y solicitudes de información ante distintas instancias del gobierno local exigiendo transparencia y denunciando los malos manejos. Una de esas quejas inició la investigación interna del Órgano Superior de Fiscalización de Oaxaca que, años después de la desaparición de Claudia, encontró el desvío de aproximadamente 8 millones de pesos por parte de Lizbeth a través de la simulación de compras y contratación de servicios que nunca existieron.
“Esa es Claudia”, señala Elizabeth, la mayor de las hermanas, “siempre luchando porque las cosas se hicieran bien”, dice mientras sonríe al recordar. Desde niña Claudia tomaba a escondidas la canasta de dulces que guardaban en su casa para darle a los vecinos que no tenían, y durante la primaria le daba su lunch a los niños que no llevaban qué comer. Y desde que se mudó a Nochixtlán, se dedicó a buscar mejorar las condiciones de la ciudad y sus habitantes.
A nadie le sorprendió que Claudia le dedicara tanto esfuerzo a denunciar las malas prácticas del gobierno municipal. “Pero ninguna de nosotras se imaginó lo que después iba a pasar; jamás en la vida lo vimos venir” dice Sara, la tercera de las hermanas.
El 26 de marzo de 2021, según la versión otorgada por un testigo protegido, Claudia fue levantada por una camioneta roja mientras asistía a una protesta afuera del Ayuntamiento de Nochixtlán. Los responsables se la llevaron a un paraje, le dispararon y desaparecieron su cuerpo. Desde ese día, se desconoce su paradero.
Condenas sin justicia
A pesar de que ese mismo testigo señaló que la ex-alcaldesa había dado la orden directa de desaparecer a Claudia, el Tribunal de Enjuiciamiento le retiró la acusación de autoría intelectual por el delito de desaparición forzada y la condenó únicamente a 4 años 2 meses de prisión por obstrucción de la justicia y ocultamiento de información. Después se redujo la sentencia a 3 años 7 meses.
“Es un circo; todo el proceso penal ha sido humillante y revictimizante”
Este no es un caso aislado en México. “Se sanciona a los autores materiales, pero casi nunca a los últimos responsables porque siempre hay algún argumento que justifica que ellos no tenían por qué saber qué hacían sus subalternos” refiere Edgar Cortez, coordinador de proyectos del Instituto Mexicano de Derechos Humanos y Democracia.
En la actualidad, México tiene más de 135 mil personas desaparecidas y no localizadas (RNPDNO). Tan solo de 2017 a 2025 se registraron 66,389 desapariciones (forzadas y cometidas por particulares), pero en ese mismo período únicamente se obtuvieron 373 condenas, lo que evidencia un nivel de impunidad del 99.4% (Oscar Nogueda, 2025).
Esta problemática es aún más aguda en los casos de desaparición forzada, que se distingue de la cometida por particulares por el elemento de autoridad presente en los hechos. Estamos frente a desapariciones forzadas cuando son las propias personas funcionarias públicas quienes ordenan, ejecutan los hechos o bien, permiten que sucedan con conocimiento. Para 2022 solamente había 36 sentencias por esta modalidad del delito (Quinto Elemento Lab).
Desaparición forzada: pocas sentencias, penas mínimas y silencio sobre paradero de víctimas
El caso Claudia Uruchurtu: la impunidad continúa
El caso de Claudia Uruchurtu muestra el patrón de impunidad que existe en estos casos. A pesar de haber sido sentenciadas 5 personas por los hechos, actualmente solo 3 se encuentran en prisión, pues, además de la reducción de sentencia de Lizbeth que le permitió compurgar su pena, un Tribunal ordenó la liberación por falta de pruebas a Johan Mathus, el exconsejero jurídico de la entonces Presidenta municipal.
Aunque a inicios de 2026 la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) revocó dicha liberación y ordenó se emitiera una nueva resolución tomando en consideración los estándares en materia de derechos humanos y desaparición forzada, el pasado 17 de julio el Tribunal Colegiado de Oaxaca confirmó la absolución de Mathus.
Este mismo Tribunal Colegiado es el que confirmó la reducción de la sentencia de Lizbeth y es el que ahora permite que continúe la impunidad en el caso.
«No retomaron nada de lo señalado por la Corte y dicen que el delito no es grave y que no es una situación sistemática en el país por lo que no son aplicables los estándares internacionales al presente caso»
José Juan Julián integrante del equipo de defensores por la justicia que acompaña a las hermanas de Claudia desde el proceso penal.
La falta de acceso a la justicia para las hermanas Uruchurtu -y el resto de familiares de personas desaparecidas en México- sigue siendo una constante.
Seguir luchando en nombre de Claudia
“Es un circo; todo el proceso penal ha sido humillante y revictimizante” afirma Sara. Y si en algo coinciden las tres hermanas Uruchurtu es que la respuesta que les dio el Poder Judicial no es, para ellas, justicia. Justicia sería que todos los responsables estén condenados por el delito de desaparición forzada (no por otros delitos menores); y sobre todo, justicia sería encontrar a Claudia, deuda que aún tiene pendiente el Estado.
Pero eso no las ha detenido para seguir luchando. Una lucha por la verdad, pero también por sentar precedentes importantes que ayuden a otras familias. Eso es lo que hubiera hecho Claudia.
“Porque aún si hubiera sabido todo esto, si hubiera sabido lo que detonaría, ella no hubiera dejado de hacer lo que hacía. Nunca hubiera dejado de denunciar porque ella creía en las instituciones”
dice Sara
Las hermanas Uruchurtu, aún marcadas por la ausencia de Claudia, tratan de vivir sus vidas en su honor, haciendo lo que ella hubiera hecho y recordándola en cada momento. Haydé vive bajo la máxima que Claudia siempre repetía: “si todo mundo hiciera lo que le toca, no estaríamos así”. Sara quiere que Claudia, si es que la está observando desde algún lugar, la vea feliz. Y Elizabeth eligió creer en la versión de los hechos que narra la muerte de su hermana: “yo puedo aceptar que ella ya no está viva porque pensar en no saber dónde está o en qué condiciones está Claudia yo con eso no podría vivir. Yo la dejé ir en el lugar más hermoso de este mundo”.
Elizabeth muestra la fotografía de ese lugar, un pequeño valle escondido entre montañas con sus picos salpicados de nieve, donde corre un río cristalino y no tan acaudalado rodeado de pequeños arbustos que crecen bajo un inmenso cielo azul. “Ahí fue mi ritual de despedida y cargo a Claudia conmigo a donde yo voy”.
